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martes, 17 de mayo de 2011

Elegir.

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     Elige la vida.Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compac-disc, y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige el bricolaje y preguntarte quien coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida. Pero, ¿por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida. Yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína? 



    Nos pasamos la vida eligiendo cosas que no queremos o que no nos hacen felices. O que quizá no nos convienen. Eligiendo lo que creemos que es correcto. Equivocándonos con las elecciones. Rectificando.

    Por lo general elegimos lo incorrecto, lo prohibido, lo que nos llama la atención y que casualmente es algo que sabemos que no nos conviene, pero lo elegimos sin pensarlo dos veces. Elegimos las drogas, el amor no correspondido, el llorar pudiendo evitarlo, el discutir, el no descansar, el no desconectar, el no vivir.


    Deberíamos escoger las cosas que nos hacen felices y no nos hace sufrir, las que queremos de verdad, las que nos hacen estar cómodos en cada situación, pero no es así. Elegimos enamorarnos de la persona equivocada, en el momento equivocado. Y escogemos entre hablar o callar cuando sea la ocasión que sea siempre va a ser la otra opción a la escogida.

 
 Nadie escoge siempre lo que es bueno, o lo que le gusta al 100% por miedo a lo que piensen los demás
o por miedo a traicionarse a uno mismo. La cabezonería humana influye mucho en este aspecto porque todos queremos aquello que no está a nuestro alcance o que si lo está pero no es bueno del todo, y nos empeñamos en luchar por eso. Luchar tampoco está mal, si luchas puedes perder, pero si no luchas estás perdido. Pero, ¿cómo sabes cuando dejar de luchar? Deberíamos no rendirnos, pero ¿y si está todo perdido y estás perdiendo el tiempo? Nunca lo sabremos. Viviremos con la duda de saber si hemos elegido la opción correcta por la que luchar.




L.
 

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