Esos ojos, tan perfectamente perfilados y tan clavados en los míos.
–No me mires, quién te ha dado permiso para hacer eso.
Me decía, pero en realidad él también me miraba.
–Me tengo que ir. –Le dije.
–Te acompaño.
Él me mira. Yo le miro. Nos damos dos corrientes besos. Le miro a los labios y seguidamente a los ojos. Le abrazo. Me abraza. Le beso en la cara. Y él repite la misma acción varias veces, por mi cara y por mi brazo, que esta posado sobre su hombro derecho. Me abraza fuerte. Y yo no le quiero soltar.
– ¡No me muerdas!
–Es que me tenía que despedir de ti. –Me dijo al oído riéndose.
Huele a cloro, pero me gusta. Simplemente el hecho de que sus brazos rodeasen mi cintura y los míos su cuello y el saber que pasaba el tiempo y ahí seguíamos, sin soltarnos, me basta.
–Bueno, me voy.
–Luego hablamos ¿no?
– ¿Te vas a conectar?
–Sí.
Acabamos cogidos de la mano, y cuando me separé de él nuestras manos se quedaron en el aire hasta que el último de nuestros dedos se separó por si solo.
Me quedé con ganas de más, no de besarle, sino de estar más rato abrazada a él. Pero fue suficiente para saciar mis ganas de ese momento a solas. Se que me quiere, a su manera, pero me quiere. Y me tengo que quedar con lo bueno y dejar lo malo atrás, así que eso haré.
L.



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