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miércoles, 27 de abril de 2011

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     Cierra los ojos, siente el viento en tu piel, escucha los pájaros cantar y disfruta del cálido tacto del sol.




     Abre los ojos. El sol acaba de ser tapado por una nube de color grisáceo que no te deja disfrutar de esa maravillosa claridad. El viento se ha enfurecido alborotando tus sentidos y no entiendes por qué ahora te sientes diferente. Vuelve a casa, ya no quieres estar ahí sentada. Te has dado cuenta de que por muy bonito que se vea el día, una pequeña nube puede estropearlo todo.


     Pero tranquila, esto no acaba ahí. La lluvia se ha apoderado del cielo, parece que las nubes también se han entristecido a la par que tú. Vuelve, no mires hacia atrás, solo encontrarás las calles mojadas y vacías.
     Ya has llegado a casa. Parece que la cosa no mejora porque acabas de ver una gotera en el techo de tu habitación justo encima de tu cama, empapando especialmente la parte donde esta posada tu almohada. La cosa no puede ir peor. Pero sí, ahora no solo tienes la habitación inundada sino que acabas de ver por la ventana que el sol acaba de volver, solo ha sido un conflicto entre las nubes y el sol, cuyo objetivo era acabar con todo tu mobiliario.
     Siempre tenemos a mano una pastilla contra el dolor de cabeza, o de estómago, o de cualquier otra cosa tratable médicamente hablando. Pero, ¿qué hay de las pastillas contra la tristeza? Las pastillas de la felicidad. ¿Acaso existen? No, claro que no. La felicidad no puede reinar en ti con una simple cápsula insípida. La felicidad tienes que buscarla esquivando los baches y sin tener miedo de lo que te puedas encontrar en el camino.



L.

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